Toda celebración ocurre en la mente antes de que pueda materializarse. Mucho antes de ese día, dos meses antes para ser exactos, se seleccionó la rama, se “rayó” y se colocó el canal orgánico que recibirá la preciada savia de este árbol mágico. Si fuera un conjuro se parecería a recolectar lágrimas en un frasco, las que escurriendo por una hoja de capire caen a gotas con el tiempo. No muchos árboles nos regalan este tipo de resina, los pocos que no han conocido el filo de un hacha aún siguen ofreciendo su sangre que conecta dos mundos.
El encuentro etéreo ocurre cuando se combina con un carbón al rojo vivo, nosotros de este lado lo percibimos con un sentido que de inmediato descarga de la red invisible donde viven su sonrisa, su voz, su forma de caminar o hasta el calor que se sentía al tocar su mano. Del otro lado seguramente son ondas, vibraciones o quien sabe que receptor se usa para encontrarse con esta combinación de olores, colores y sabores que adornan la mesa, quizá es en la luz que emite el pabilo y la parafina mientras se combustiona. Los milenios han pasado y de la costa del Pacífico y la cuenca del Balsas sigue llorando resina, como en otros tiempos en tributo, sigue llegando a los tianguis y a los altares a un costo más alto, reflejo de su escasez en los bosques tropicales.
Alrededor todo es cosmetiquería y en el
centro están las flores, el fuego, la comida, sal, agua y por su puesto el
copal, todos están enraizados en el México profundo ese que no reconoce modas,
fronteras y tiempos. El sahumerio es la interfaz, y en el altar están los
servidores, cada vez que llegamos ahí nos encontramos con una mezcla de
endorfinas quizá somos nosotros mismos anhelando el futuro.

